He conocido a una persona (de la manera más millenial posible): PARTE IV y FINAL
Seguimos quedando a lo largo de febrero, para cenar, para vernos y hablar de como nos iba en la vida, en el trabajo con los amigos. Le propuse irnos el fin de semana del sábado 10 de marzo a un apartamento que tiene mi familia en la costa para poder estar los dos solos y desconectar de nuestras realidades. Sin embargo, llegó lo que muchos estaban vaticinando desde finales del 2019: los infectados de COVID-19 s eiban contanto por miles, los muertos por centenares, y se impuso el estado de alarma y las restricciones de movilidad de la población en un intento desesperado por frenar la propagación de aquel virus del cual hoy en día aún desconocemos.
Me dolió no poder hacer esa escapada con él. Ahora cuando mis sentimientos hacia él estában en su punto más álgido, viene una pandemia mundial provocando una situación sin precedentes en la historia moderna que nos obliga a estar recluidos en nuestras casas. Lo asumí sin luchar, no podía hacer nada. Sin embargo, dentro de mí, la impotencia y frustración de saber que no lo volvería a ver me recorría por la cabeza sin cesar.
Mantuvimos el contacto vía telemática, hablando, preguntando como estábamos, nuestra situación personal, con el trabajo, la de nuestros familiares más allegados... Al final, optamos por, cada viernes o sábado noche, ver una película juntos. Fue una actividad que nos ayudó a mantener el vínculo que nos unía y a seguir hablando. De esta forma, no caíamos en el círculo vicioso de aislarnos, refugiarnos en un sinfín de horas delante de TW o IG en busca de alguna noticia que nos alentara de que esto iba a acabar pronto.
En julio, una vez alcanzada la "Nueva Normalidad" después de haber conseguido superar las disntintas fases, empezamos a vernos en persona. Una tarde, quedamos para ir a ver los búnkers del Carmel, en Barcelona. Fuimos a por comida y una vez estubimos arriba, nos quedamos para ver la puesta de sol y ver como la noche enguillía poco a poco la ciudad y como sus luces iban encendiéndose.
Poco a poco fuimos retomando el ritmo de nuestros encuentros cómo lo teníamos antes de todo esto. Teniendo siempre claro que seguimos en medio de una pandemis y manteniendo las medidas.
Para mi cumpleaños me regaló una visita a la casa Batlló, con copeo y concierto de swing en el tejado. Fue muy tierno. Al acabar, nos pasamos por el McDonald's, vestidos como si nos creyéramos alguien de clase alta, y nos cogimos un cubo de nuggets. Con el champán empenzandonos a subir un poco, fuimos andando y hablando (en ocasiones chillando como dos borrachos), haciendo el tonto por las calles vacías de turistas de Barcelona hasta su casa. Me quedé a dormir ahí esa noche.
Y bueno, os preguntaréis ¿y qué tal está todo ahora? Pues muy bien la verdad. Conseguimos mantenernos unidos ante la situación de la pandemia y, mientras las cifras de contagios diarios y muertes nos lo permitan, seguiremos quedando. De echo, la semana que viene tenemos planeada una escapada de fin de semana, y por fin, desde marzo, podremos cumplir nuestro deseo de irnos y desconectar los dos juntos.
Veremos a ver qué tal se desarrollan los acontecimientos.
La importancia de tener un Vertedero de Palabras.
Llevaba semanas midiendo y observando lo que me pasaba cuando me forzaba a escribir. Mi cabeza empezaba a echar humo, notaba como las manos se me entumecían y no podía pensar nada con claridad. Me asolaba un torbellino de ideas inconexas, palabras imprecisas, imágenes borrosas. Era tal la fuerza con la que me golpeaba, que me quedaba inmóvil, incapaz de redactar o seguir con la idea que tenía en mente. Era incapaz de gestionar tal cantidad de palabras e ideas que me pasaban por la cabeza. No sabía como continuar, que palabras usar, ni siquiera a formar una frase que tuviera algo de sentido.
Este hecho de sentirme impotente delante de la hoja en blanco, sentir que algo que me hacía feliz antes ya no me daba esa satisfacción que yo andaba buscando y que además no lograba redactar nada de lo que estuviese satisfecho, tomé la decisión de buscar o informarme de qué podría estar pasando y si había habido escritores que habían pasado por lo mismo. Sí, está el famoso bloqueo del escritor y ya hay miles de métodos para intentar superarlo (marcarte objetivos, leer, leer más, crear un hábito de escritura, etc...). Pero yo buscaba algo más. No era un bloqueo por que hacía tiempo ya que no escribía nada por tema de tiempos (la universidad me había quitado en gran parte el poco que tenía). Era algo más profundo. Algo relacionado con la habilidad.
Me acuerdo de leer cuando estaba en bachillerato el caso de Mercè Rodoreda que comentaba que había estado una larga temporada, años, sin poder escribir nada (solo algunos cuentos) ya que el mero hecho de ponerse a escribir conllevaba un esfuerzo enorme. Las manos le dolían, no podía sujetar el bolígrafo y lo que antes hacía con pasión se había vuelto en todo una pesadilla. De esta experiencia de la autora, aprendí que a veces, no importa las muchas ganas que le eches a algún proyecto de este tipo, sino que las cosas siguen un curso, y si ahora no es el momento, no importa, ya llegará. Quizás es por que de manera inconsciente la idea que habías planteado para la historia necesita algo más de tiempo para poder madurar. O quizás ese dolor de articulaciones, esa parálisis que sufres al enfrentarte a la hoja en blanco abrumado por todas las ideas que empiezan a circular por tu cabeza, se debe a simplemente a que tu cuerpo te está pidiendo algo más de tiempo para poder enfrentarse a la ardua tarea que es el escribir. Crear un mundo de cero, y subjetividades distintas que interactúen en él.
Sin embargo, esto no hacía que mis ganas de escribir, retomar lo que me hacía tan feliz, cesaran. Coincido con la idea de que a veces, lo que uno necesita es tiempo y que tomarse un par de años, escribiendo poco a poco para ir retomando el ritmo, es una buena manera de paliar el problema que puede suponer esto. Aún así, lo que quería era poder recuperar esa habilidad para domesticar las palabras. Poder traducir y plasmar correctamente todas esas ideas que me circulaban por la cabeza.
Recordé que, en la autobiografía literaria de Stephen King Mientras Escribo comentaba que a veces, lo que necesitamos es vomitar, sacar todas esas palabras que nos están ocupando espacio en la cabeza y lo único que están haciendo es distraernos de nuestros objetivos. Sería como cuando estás pasando una situación de estrés y lo único que necesitas para poder relajarte es gritar con todas tus fuerzas, sacar la frustración de dentro de ti. En la escritura esto se traduciría en sacar todo lo que tienes en la cabeza y te distrae. Vomitar en una hoja en blanco todo aquello que se te pase por la cabeza, sin meditarlo, sin medirlo, sin temor de que esté mal o no. Por que lo único que importa aquí es que se saquen todas estas ideas y palabras de dentro, sin ninguna consecuencia.
Al reflexionar sobre ello me dí cuenta que quizás esto era lo que necesitaba. A parte de crear un hábito de escritura (el consejo número 1 que da todo el mundo) lo que necesitaba era desprenderme de todo aquello que me consumía por dentro a la hora de escribir: las inseguridades, los temores a no escribir bien, temas que aunque no te des cuenta, te consumen poco a poco hasta llegar al punto de bloquearte ante una hoja en blanco.
Eso hice. Crear un documento de word sin ninguna idea en mente nada más la de tenerlo como vía de escape, un vertedero para todo lo que quiera sacar de dentro de mi cabeza.
Haciendo balance después de haberlo estado usando unos meses, puedo decir que ha sido una buena decisión y la verdad, noto que me está ayudando a ordenarme las ideas y a ser capaz de escribir algo mejor, sabiendo lo que quiero y cómo transmitirlo. En mi opinión, es un buen ejercicio para dejar la mente en blanco y relajarse todo lo posible para poder escribir.
Es un consejo que se sale algo de lo habitual, ya que normalmente, cuando alguien busca ayuda para superar este tipo de cosas, o emprender el camino de la escritura, muchos de los consejos que se dan son tres: crearse un hábito escritor, leer muchísimo y ponerte objetivos. Pero creo que a veces, más que poner el foco en el resultado (querer escribir) tenemos que ponerlo sobre nosotros, que somos al fin y al cabo, quiénes vamos a escribir aquello que tanto queremos.
También tengo que decir que a veces, cada X tiempo es bueno echarle un ojo a lo que hemos ido acumulando en el vertedero. Por mucho que nos digamos a nosotros mismos que lo que estamos escribiendo no es de calidad, o no tiene sentido, una mirada distanciada nos puede dar otra perspectiva. A veces, cuando escribimos algo, lo peor que podemos hacer es lanzarnos de lleno acto seguido a la corrección. Eso puede llegar a ser fatal en algunos casos, ya que alimenta la frustración al ver o creernos que lo que hemos escrito no tiene sentido o está mal. El propio autor suele ser el peor y más estricto crítico de su trabajo. Por ello, es bueno dejar entre escritura y corrección un periodo de tregua. Descubres auténticas joyas de cosas que al momento de escribirlas pensabas que eran lo peor.
La clave está en darse tiempo a uno mismo. Y en vomitar todas aquellas palabras que nos distraen en un vertedero. Olvidarnos. Y volver.
Reflexiones de un marica cabreado.
En mi familia somos 3 hermanos. Tengo un hermano mayor que me saca 5 años y un mellizo (somos completamente lo opuesto). Hace unos 11 años entendí que con estas condiciones se desarrollaba un clima muy competitivo entre la familia. Siempre me comparaba con mis hermanos, por notas, por habilidades deportivas, por todo. Así que si quería que me dejasen de minusvalorar, debería ponerme las pilas. Mi único objetivo pasó a ser a intentar ser mejor que mis hermanos. Fuese en lo que fuese. Siempre tenía que saberlo todo, hacer las mejores cosas, las mejores notas, las mejores metas en la vida.
Tengo que reconocer que no me esforcé mucho la verdad. Aún así, iba cumpliendo mi objetivo poco a poco. El primero logro fue superar en notas en la selectividad a mis hermanos. La siguiente, tener mejor media en la carrera que mis hermanos y haberme logrado sacar un erasmus con una media bastante alta. Lo que llegó después fue, entre mi hermano mellizo y yo, conseguir ser el primero en conseguir un trabajo relacionado con lo que había estudiado, y haber logrado progresar lo suficiente el primer año para que me nombraran project manager. Quizás no es mucho, pero en mi realidad sí, puesto que todo el rato, lo que hago se contrapone con lo que hacen mis hermanos, y por lo tanto, tengo que ponerlo en contexto con lo que ellos han hecho o logrado.
A todo esto, era consciente que esta batalla la estaba librando en mi cabeza. Pensándolo ahora desde una perspectiva distanciada en el tiempo, soy plenamente consciente de que ese nivel de competitividad me lo imponía yo de manera consciente. Esto se vió alimentado por algún comentario por parte de profesores o alguno de mis padres (¿podría explicarlo la teoría del etiquetaje de Ray C. Rist?). Pero soy consciente de que me exigí ser el mejor. Tomé de forma consciente esa decisión.
Reflexionando sobre lo que me llevó a tomar esta decisión, veo muy claro que un elemento crucial fuera mi orientación sexual. El hecho de que yo me identifique como gay, hace que sea consciente de, que si quiero que la gente pase de valorarme únicamente por esa condición, necesito logros que revaliden mi valía. Es muy triste pero esta es una dinámica bastante común. A la gente no cis o racializada se le exige más para poder reafirmarse. No es lo mismo en un entorno opresivo que exista un maricón con pocos estudios y analfabeto, que un maricón con estudios, matrículas de honor y una carrera profesional prometedora. En el caso de sufrir algún estigma social, la meritocracia ejerce mayor presión.
En mi caso, desde la eso era plenamente consciente de ello. Intentaba, mediante logros académicos o profesionales, ensombrecer el hecho de que fuera gay. Dejarlo en un segundo plano. Que sí, que hemos evolucionado lo bastante como sociedad como para que eso deje de ser el centro de atención. Pero por más que así se crea en algunas ocasiones, no es verdad. Por mucho que tengas la suerte de encontrare en un entorno seguro, por mucho que la gente de tu alrededor te diga una y otra vez que no pasa nada, eso es algo que concierne al individuo valorar para dar el paso de salir del armario. Recae en ti la tarea de valorar tu entorno si es seguro o no, y de superar esa barrera para poder aceptarte y vivir en paz tu existencia. Se nos llena la boca de decir que no pasa nada etc, que el entorno es seguro, que no importa... pero lo que realmente importa aquí es ese ejercicio que tiene que hacer uno mismo por aceptarse tal y como es y dejar de intentar ocultar el hecho de que es gay. Ok, ya está. Deja de intentar por todos los medios ser mejor que los demás, ya que a parte de dar una imagen de competitivo narcisista, lo único que haces es hacer daño a los demás y sobretodo, a ti mismo.
No hace falta decir que esta es una conversación que estoy teniendo conmigo mismo. Es algo en lo que tengo que trabajar, poco a poco, con las herramientas que tengo. No puedo pedirle a nadie que me haga este trabajo. Es algo que inevitablemente me llevará a un punto de inflexión vital en mi experiencia de vida. Será un trabajo que calará en mis valores y me hará evolucionar como persona. Quizás no sea consciente cuando pase, pero con el tiempo, seré capaz de verlo con perspectiva y valorarlo.
Bueno, y todo esto a qué viene. El tema es que he estado conociendo esos últimos meses a una persona (de hecho, tengo varias entradas hablando de ello). Esta mañana, no sé cómo, ha salido el tema de los logros que hemos conseguido en nuestra corta vida. Me ha comentado que él había conseguido, en los 26 años que tiene, publicar un libro, dos másters más el grado y que ahora era director de marketing de una editorial. En ese instante no he podido evitar compararme con él. ¿Qué he conseguido yo a los 23? acabar un grado, el erasmus, comprarme un coche (parece una tontería pero para mi comporta una inversión importante de dinero, y por tanto, lo valoro mucho) y trabajar en una empresa como project manager de lo mío (y ahora con el tema de la pandemia he podido mantener mi trabajo sin ERTE ni nada, trabajando desde casa). Soy consciente de que no puedo quejarme de nada. Sin embargo, mi cabeza ha empezado a compararse inevitablemente con sus logros. He sentido que mis logros no tenían valor, era inferiores a los suyos. Vamos, qué puede competir el haber publicado una novela con lo que he conseguido? nada.
Muchas veces, cuando estoy con él, noto como va quebrando mis barreras de narcisista competitivo. Se mueve por un mundo profesional y personal que yo siempre quise, pero que no conseguí. Me intimida el hecho de que él haya conseguido triunfar en el mundo que yo nunca pude.
Aún así, con esto estoy siendo muy reduccionista. No puedo echarlo todo a perder por el simple hecho de que haya publicado una novela. Y esto ahora va para mi mismo, para evitar tener estos pensamientos intrusivos. No puedes estar toda la vida comparándote con alguien. No puedes poner al mismo nivel tus logros con los suyos. No puedes apoyarte en el factor económico siempre que te sientas intimidado por alguien. Por que no es justo para nadie, ni para ti ni para él. Te hace daño y haces daño. Quieres dar una imagen medida al milímetro, pero a veces haces que eso se vea artificial. Los logros que has conseguido tiene valor por que se contraponen con tu situación. Y haciendo está valoración, están muy bien. Piensa que tienes 23 años y has conseguido todo esto. Hay gente que no puede disfrutar del privilegio de poder decir que ha encontrado un trabajo nada más salir de la carrera y que lo haya podido mantener con la crisis que se viene, sin reducción de jornada y salario. Así que pon en valor lo que has conseguido en función de tu situación y valóralo. Eres un privilegiado. Llora si quieres. Llorar está bien, nos permite desahogarnos y es necesario. Pero por en valor lo que has conseguido. Y no lo reduzcas todo a una sola cosa. Valóralo en contexto.
He conocido a una persona (de la manera más millenial posible): PARTE III
Después de esa tarde rara, emocionante (es qué no sé), le propuse quedar para comer el martes siguiente. Reservé mesa para dos en un restaurante que acaban de abrir cerca de nuestros respectivos trabajos. Y aunque el día estaba siendo un caos en la oficina (reuniones, avances de proyectos, mails inesperados...) no lograba dejar de pensar en la comida y en lo nervioso que estaba.
Salí tarde de una de una de las reuniones y cuando me di cuenta, ya era las dos y cuarto. Fui corriendo a mi mesa y dejé todo el papeleo (ya continuaría después) cogí la chaqueta y salí de la oficina. Al coger el móvil, vi que me había mandado un par de mensajes. Básicamente me comentaba que ya había salido de la oficina y que estaba yendo al restaurante. Aceleré el paso, esquivando a las personas para poder llegar en cuanto antes, ya que la mesa la había reservado yo. No me gustaría hacerlo esperar.
Al llegar, lo ví de pie enfrente de la entrada, mirando el móvil. Al verlo lo abracé, me salió de dentro. Aunque la verdad, me moría de ganas de comerle la boca, es algo que no tuve el valor de hacer. Me repetía una y otra vez que las cosas se hacen despacio, que no hay porque correr. Al entrar, nos sentaron en una mesa para dos al fondo. Estuvimos comentando temas de nuestros trabajos, que si el becario que había entrado nuevo era un incompetente, que si los clientes no se ebnteraban de lo que habían contratado, que si la gestión de compras y ventas era una porquería...
Cuando quisimos darnos cuenta, ya eran más de las 15h, así que nos levantamos, pagamos y salimos con cierta prisa. No podíamos llegar muy tarde a nuestro trabajo. Al llegar a mi oficina nos detuvimos. La verdad es que quería besarlo, pero me sentía cohibido. Ahí delante había un grupo de compañeros fumando y hablando antes de entrar de nuevo a reanudar el trabajo. No quería que ellos me vieran besándome con él. La verdad es que no he salido del armario aún ni ante familiares ni compañeros de trabajo. Así que me conformé dándole un abrazo. Al separarnos, vi que se seguía de pie mirándome. No pude resistir las ganas y me lancé. Sus labios tenían un sabor dulce y el beso parecía que se alargaba horas. Me daba igual todo.
La verdad es que yo también lo había pensado. Cuando se fue, no pude evitar la tentación de enviarle un mensaje proponiéndole vernos de nuevo (me había quedado con ganas de besarle). Esa misma tarde nos vimos al acabar la jornada.
Empezamos a hablar mucho, casi cada día, de tonterías, nuestras cosas y demás. Descubrí que era un lector acérrimo de literatura juvenil y un romántico empedernido. También me comentó que tampoco había salido del armario, solo con su madre. Siempre que hablaba no podía evitar perderme entre su voz, su cara, todo. Me siento muy estúpido a su lado. No lo sé.
A mediados de enero, en medio de una de estas conversaciones me comentó de quedar algún día para cenar algún viernes en su casa. Le dije que sí. Sin embargo, al comprobar mi agenda, me di cuenta de que tenía ocupado todos los viernes del mes, excepto el 24 de enero, aunque ese día, a las 21h de la noche cogía un AVE dirección Madrid para pasar una semana en casa de unos amigos. Aún así, le comenté que sí, que me encantaría cenar con él, aunque por desgracia, no me podría quedar mucho tiempo, ya que a las 21h tenía que estar en Sants.
La tarde del 24 me la pasé entera por Barcelona. Como había quedado con él a eso de las 18h, cuando saliera de trabajar, no me daba tiempo suficiente para volver a casa. Así que quedé con unos amigos para comer algo en algún restaurante de por la zona y aprovechar y ponernos al día de los cotilleos y desventuras de cada uno. Yo les había comentado algo de esta persona que estaba conociendo, pero la verdad, no había dado demasiados detalles de como evolucionaba, ni como me hacía sentir. Tenía la sensación de que todo se desarrollaba demasiado rápido. Hacía apenas dos meses que nos habíamos visto en persona, y 6 meses que nos conocíamos. No podía precipitarme... Tenía la sensación de que corría demasiado y que en cualquier momento, la cosa podía acabar mal. Me forzaba a mi mismo a ralentizar las cosas. Y a mi la verdad, no me gustaría perder esta bonita historia por ir demasiado rápido.
Ese mismo día, en la comida, les comenté a mis amigos que habíamos quedado para cenar en su casa.
- Te vas a acostar con él - comentaban.
La verdad es que esa idea no me la había planteado nunca. Ya he comentado que lo bueno suele cocinarse a fuego lento, así que en mi caso, cuando estas ideas empiezan a acecharme, me fuerzo a no pensar en ellas. Soy muy de que las cosas fluyan, no hay que forzarlas, o en su defecto, no hay que forzarlas demasiado. Les comenté que no, que yo no intentaría nada. Además, a las 21h tenía que estar en Sants para pillar el AVE.
A las 18h ya había dejado a mis amigos en la estación de Passeig de Gràcia y me dirigí a buscarlo a su trabajo. Cuando salió del portal del edificio, no pude evitar sonreír. Se acercó a mi y me besó. Al separarnos me comentó:
Subimos andando por Passeig de Sant Joan y cogimos el metro en Tetuán. Durante el camino, estuvimos hablando sobre el trabajo (para variar) y los últimos cotilleos que se habían visto por Twitter. No podía evitar en fijarme en su cara, en su sonrisa de despreocupación aunque de querer morirse (estaba agotado). Que mono es. Y qué interesante.
Al llegar a Sant Antoni pasamos por un súper y pillamos una bandeja de sushi variado. Pagué yo. Ya que me invitó a su casa, lo menos que podía hacer era invitarlo a sushi. Vivía en un bloque de pisos antiguos de Barcelona, de techos altos, ventanales de el suelo hasta el techo y puertas dobles de madera. Me invitó a pasar y fuimos directamente a su habitación. Por el camino nos encontramos con uno de sus compañeros de piso. Me lo presentó rápidamente, y le dedique una sonrisa formal, amable.
Al llegar a su habitación dejó las cosas en el escritorio. Era amplia y luminosa. Todos los muebles eran blancos y había una estantería justo delante de la puerta repleta de novelas y mangas. Me gustó.
Se abalanzó sobre mí. Noté sus labios húmedos contra los míos. Sus manos me rodearon la cintura y me dejé caer contra la cama. Estaba muy nervioso, era una persona que me gustaba mucho. Sin embargo, me dije para mi mismo que no valía la pena pensar y darle vueltas a las cosas. Así que dejé la mente en blanco y me dejé llevar por el momento. Notaba su cuerpo contra el mío. No había otro lugar en el mundo en el que quisiera estar en ese momento.
Al acabar nos tumbamos exhaustos, sudados, con la respiración agitada. Notaba que me había fundido con él, en solo uno. Lo abracé con todas mis fuerzas y coloqué mi cabeza contra su pecho. Por un momento, solo estábamos él y yo en el mundo...
Entonces, me sobresalté. Yo tenía que pillar un AVE a Madrid a las 21h. Me aparté un momento, y miré el reloj del móvil. Las 20:25. Se levantó de la cama y se vistió también, comentándome cómo tenía que hacer para poder llegar a Sants desde ahí en el menor tiempo posible. Al salir, seguir la calle hacia arriba y en la primera intersección encontraría a mi derecha la parada de metro de linea roja. A partir de ahí, tocaría jugar con el cambio de linea.
Noté como, mientras me cambiaba, me miraba con esa mirada tonta. Cogí mi mochila y salimos de la habitación.
De camino a la puerta, me di cuenta de que no habíamos cenado. La verdad es que no tenía hambre así que le dije que se comiera el sushi en honor a los dos. En mi caso, ya miraría de pillar algo en el AVE o una vez estuviera en Madrid. No cruzamos muchas más palabras. Al despedirnos, bajo el marco de la puerta, lo abracé por el cuello y le besé. Cerré los ojos. Qué feliz me hacía. Ese momento, ese lugar... Al separarnos me comentó que, o me daba prisa o llegaría tarde. Tenía razón. Así que le dije adiós, y me encaré hacia la parada de metro pendiente del reloj. Me quedaban 25 minutos para poder llegar al AVE.
Al llegar a Sants, me dirigí rápidamente al puesto de seguridad a la entrada del AVE. Miré el reloj y vi que mi AVE salía en 10 minutos. Mierda. Estaba sudando, notaba mi espalda húmeda.
Al pasar el control bajé directamente al andén, corriendo. Cuando logré localizar mi asiento, dejé la enorme mochila que llevaba conmigo en el portaequipajes encima de mi, y por fin me relajé. Tenía muchas cosas que procesar. Él, sus besos, su cuerpo...
A mi costado, en medio del pequeño pasillo, se alzaba una mujer de mediana edad, con la melena recogida y un papel arrugado en la mano. La miré unos segundos.
- No puede ser... este es mi asiento... - le dije.
Saqué el billete de la cartera y lo revisé un momento. Mierda. Me había equivocado de asiento. El mío estaba en el coche 4, no en el coche 8. Con la cara roja a punto de estallarme, me levanté y me disculpé. Cogí mi mochila y, esquivando a la multitud que estaba en el pasillo acomodando sus equipajes, me dirigí a mi asiento. Esta vez el mío.
Sudando, con la mochila en una mano y el billete en la otra, el móvil vibró. Me había mandado un mensaje.
- Que vaya bien el viaje a Madrid.
Suspiré. No pude evitar dibujar una risa tonta en mi cara.
Sin embargo, pensar en él hacía que tuviera una extraña sensación de vértigo. Notaba un nudo en el estómago que me subía por el esófago... la boca seca... Pensaba también en el hecho de que él fuera un chico. Nunca he salido de el armario en el entorno familiar, y es algo que aún tengo que enfrentarme y encarar, luchar conmigo mismo para aceptarlo. Sé que a mis padres no les importaría, quizás un poco de shock al principio. Pero es algo que tengo que trabajar yo, enfrentarme a ello. Tiempo al tiempo.
Me siento como si estuviera al borde de un precipicio. ¿Sabes la sensación de vértigo al rozar el límite con la suela de los zapatos? Me siento así. Sin embargo, no tengo miedo. La oscuridad del vacío que se abre bajo mis pies me abraza, llenándome de una paz arrolladora. Él es la incertidumbre, y yo quiero lanzarme de lleno...
Aún así, soy consiente que las cosas llevan su tiempo. Esto hace que en mi cabeza se libre una batalla continua entre la sensatez y el impulso. Hay que pensar las cosas antes de hacerlas. Y ya sabemos, que los mejores platos se cocinan a fuego lento...
Sobre la habilidad de narrar. Perderla e intentar recuperarla.
Antes, al escribir, escribía lo que me salia de dentro. Notaba como una fuerza dentro de mi me empujaba a escribir, a la necesidad de vomitar lo que pensaba. Me gustaba perderme entre mundos, entre tramas, entre personajes. Ser la mejor versión de mi. O poder, por un momento, desprenderme de mi realidad para adentrarme a una más soportable. No sé ni lo que digo. Por dios qué intenso que soy. Pero vamos, la idea y lo que más me frustra ahora es que antes con una mínima idea estaba dándole bola mucho tiempo. Notaba mi cuerpo temblar al ver crecer poco a poco esa idea. Era como una sensación de vértigo, como cuando te enamoras. El corazón desbocado. Sin embargo, al acabar la carrera y querer volver a sentir esto, descubrí que esto ya no era así. No sentía mariposas en el estómago al enfrentarme a la hoja en blanco, no sabía plasmar en palabras mis ideas, me costaba cuesta mucho articular ni siquiera un diálogo lógico o decente. La historia no me llevaba por sus caminos. No había caminos. Solo prado, bosque, nada claro. Entendí que si quería volver a sentir lo que sentía antes, debía empezar a aprender a tomar iniciativa y forzarme a moldear por mi mismo y de manera consciente las historias. Sumando elementos, preguntándome (qué pasaría si…) alimentar la fábrica de la imaginación.
Reconozco que desde que acabé la carrera, mi principal objetivo ha sido el de recuperar mi habilidad para narrar. He pasado noches enteras definiendo mi problema, estableciendo sus límites, para poder dibujarlo de la mejor forma y poder plantarle cara. Suena contradictorio, querer recuperar la espontaneidad que tenía mediante la planificación meditada y análisis riguroso del problema al que me enfrento. Recuperar algo subjetivo añadiéndole objetividad, sometiéndolo a unas reglas preestablecidas. Pero, siento que mantener el control es el único camino que tengo para recuperar algo que siento que la monotonía del pasar del tiempo me ha quitado.
Hace años empecé a escribir una historia sobre el despertar sexual (sí, estaba obsesionado con ese tema, pero bueno, estaba en plena pubertad y eso significa hacerte preguntas insustanciales que crees que te marcarán de por vida y obsesionarte por el placer sexual de la persona y la búsqueda constante de esencias que te hagan sentir que perteneces a un mundo corpóreo. Vamos, que vas más salido que el canto de una mesa y que necesitas sentirte real, y que las tonterías que haces son tus tonterías, y quizás cobrarán especial fuerza en tu mundo, fuerza que en unos años, dejarán de tener…) de una chica joven, en la Barcelona de los años veinte.
Básicamente ella se enamoraba de un chico, un alumno de la clase de economía de la universidad en dónde su padre daba clases. Los padres de ella lo descubrían y la mandaban a Francia, a un colegio de monjas, religioso (eran muy religiosos, iban a misa todos los domingos y se regían por una conducta de vida inquebrantable a ojos de dios). Total, que ahí se hacía amiga de una niña rebelde, y ella, nuestra protagonista, se siente irremediablemente atraída hacía su mundo… hacía ella… Total, que la idea era desarrollar un despertar sexual en una atmósfera asfixiante y trabajar la psique de la protagonista, como vamos de una inocencia vista al inicio de la novela, hasta un punto en dónde la protagonista toma consciencia de dónde vive, de la atmósfera asfixiante en la que se encuentra y de lo que realmente quiere, de cómo se reafirma en pequeñas acciones que negaba al inicio de la novela. Vamos, la escena estrella es cuando ella y la otra, se suicidan cuando se descubre lo suyo (sorpresa, historia LGBT que acaba en tragedia, madre mía que innovador me siento).
El tema es que me he acordado de la historia y recordaba que los diálogos estaban bastante bien. Aún así, no he logrado encontrar el documento en dónde la empecé a escribir… y me da pena… y rabia… realmente es una de esas historias de mi etapa de prepúber y adolescente en dónde realmente, ahora con unos cuántos años de más, le veo calidad. Pero bueno… sigamos con la ardua tarea de nutrir esa capacidad narrativa que todos tenemos, pero, a unos más que a otros, nos cuesta poner en práctica.
(ACTUALIZACIÓN) Mi lista de propósitos para 2020
En vista de la situación actual, es razonable que nos permitamos estos cambios, ya que evidentemente no podré cumplir ni la midad, ni aquellos que me había marcado más prioritarios / importantes para mantener una buena salud mental (JÁ).
Entonces, sin más dilación, empecemos este repaso que promete ser cuanto menos realista en vista a la situación tan heavy que nos ha tocado vivir.
1. Mantener un ritmo constante de publicación del blog.
- Empezamos mal. la útlima entrada publicada del blog (digo publicada por que en borradores tengo montones de post a medias para variar) data de febrero de este año. En la entrada en dónde exponia mi alegato del porque este sería uno de los más importantes propósitos, comentaba que "no puedo perder el ritmo de publicación. Es lo que me mantendrá cuerdo y ordenado todo el año". Hay muchas cosas mal en esta frase.
a. Primero, no he mantenido el ritmo de publicación.
b. Segundo, no me he mantenido cuerdo ni ordenado ni lo mantendré durante el año. Sobran las explicaciones, ¿no? (básicamente por que estamos en pleno confinamiento MUNDIAL por una PANDEMIA y todo, absolutamente todo SE HA PARADO. No creo que un cambio tan radical sea fácil de asimilar con la incertidumbre que éste conlleva...)
Aunque sea consciente de que quizás mantener el ritmo y obligarme a escribir no sea sinónimo de mantener la cordura ni nada, sí que me gustaría mantenerlo, al menos, para practicar la escritura. Os comentaba también que llevaba desde hacia años con un bloqueo creativo bastante profundo y aunque el escribir no me salve de perder la cordura, al menos intentaré aprovechar algo de esta situación surrealista para ponerme manos a la obra con un problema que arrastro desde que estaba en la universidad (5 años).
2. Acabar de escribir lo que empezaste hace muchos años ya, pero que nunca acabaste.
- En cuanto a este statement (más que un simple propósito) creo que lo dejaremos aparcado de momento. Aquello a lo que me refiero como "lo que empezaste hace muchos años ya" es simplemente y llanamente una historia que empecé a escribir con 16 años. De hecho, tenía incluso una escaleta bastante detallada acabada y fichas de personajes, pero por el azar del destino (miento, por ser un vago) nunca la terminé, aunque sí que empecé a escribirla. No me veo capaz aún de zambullirme en la odisea que supone escribir una historia, entrar y desarrollar la psique de los personajes. Creo que me traería más disgustos que alegrías. Y por como está la situción actualmente, de disgustos estoy servido.
3. Ahorrar. Más.
- Se mantiene. Incluso con más fuerza ahora. Sobran las palabras.
4. Leer una media de 2 libros al mes.
- Como había comentado en alguna ocasión, la lectura es la fábrica de la imaginación. Y la verdad, en los tiempos que corren, es agradable poder tener la certeza de poder perderte en los senderos de las historias, intentando alejarte de la surrealista realidad. Estas últimas semanas he estado enganchadísimo a Harry Potter, de hecho, me acabé justo ayer el sexto libro.
Debido a la situación y todo lo que me conlleva digerir esta nueva realidad, quizás no lorge alcanzar este mínimo de 2 libros al mes. Por suerte, de momento he podido mantener mi trabajo y trabajar desde casa, con lo cual no me puedo pasar todos los días enteros leyendo. Aún así, mantengo este propósito, ya que es uno de los pocos de los que me garantizan tener el control de algo, en este nuevo panorma de incertidumbre en el cual nos moveremos a partir de ahora.
5. Acabar los videojuegos que has empezado.
- En este caso pasa algo similar al propósito anterior. Algo me pasa que no me siento tan cómo como antes estando horas y horas delante de la pantalla jugando. No es que los juegos no me entretengan o atraigan como antes, sino es algo más profundo. ¿Quizás tiene que ver con el somentimiento a bombardeos interminables de informaciones catastrofistas a los que está somentida mi cabeza? Quién sabe. Pero de momento, es la tesis que más fuerza cobra. Tengo ganas de tumbarme en la cama y no hacer nada la verdad. Y eso que empecé a jugar al Animal Crossing New Horizons, que ojo, es un juegazo. Aún así, no me siento de momento con fuerzas de continuar con ninguno de los que listé en su día. Sin embargo, sí que juegué y terminé el Silent Hill 2 para PS2. Quizás es solo que ahora, en vez de someterme a un listado de cosas que hacer, solamente me apetece juagar a lo que apetezca, sin seguir ninguna estructura, solamente por el mero deleite de mi mismo.
Y de momento, de los juegos que listé, no me han vuelto a llamar la atención ninguno. Por lo tanto, este propósito queda descartado. Dejaré que sean mis ganas las que me guíen a la hora de jugar, que no sea algo establecido u "obligado" como la lista que me hice en su día para poder planificarlo todo. Ahora mismo lo establecido se ha roto y reina el caos. Y aunque suene extraño, en este caso no quiero someterme a nada, quiero ser libre para decidir a qué jugar sin la incertidumbre de sí conseguiré o no completar una lista de títulos por jugar. Suficiente estrés tengo con la situación de ahora como para tener más por no haber cumplido una estúpida lista.
6. Buscar y conseguir otras oportunidades laborales en Madrid u otras ciudades.
- Well... creo que esto se me ha acabado en una temporada. Como comentaba, suerte tengo de haber podido mentener el trabajo 100% sin haber tenido que renunciar a nada o haber sufrido un ERTE. Tengo que mantener lo que tengo ahora y potenciarlo, por mucho que no me guste. Las reglas del juego han cambiado y ahora toca jugar de distintas maneras. Se avecinan tiempos oscuros en este tema, y es mi deber mantenerme lo máximo posible en la cuerda del trabajo estable. Aún así, al idea sigue, no voy a negármela por que la situación haya cambiado. Sin embargo, este propósito queda totalmente descartado. Quizás en un o dos años pueda retomarlo. Pero de momento, nada.
7. Decidir o buscar un master o posgrado que encaje en el enfoque que quieres darle a tu carrera profesional
- Bueno bueno... este va muy ligado al anterior. En mi cabeza este iba a ser un año de cambios: iba (haré) dos años en la empresa en la que estoy ahora y la verdad, me apetecía hacer algún máster relacionando con RRHH para poder ampliar tanto mi CV como mi perfil profesional. Sin embargo, y como llevo comentando toda la entrada, la situación ha cambiado, y mucho. No creo que esto sea algo en lo que pueda pensar muy a corto plazo. Tenía pensado el curso próximo, en septiembre, matricularme en algún máster online de dirección y gestión de RRHH. Pero esto es algo que ahora está en medio de la incertidumbre. No sabría decir cuándo lo haré. Tendré que esperar a ver cómo evolciona la situación para planificar de nuevo mi futuro más próximo. Algo que tal y como están las cosas ahora, se me es totalmente imposible. Por lo tanto, descarto este propósito. Sin embargo, es una idea que persiste en mi cabeza, a la espera de saber cuándo podré ponerla en práctica.
8. VIAJAR MÁS
- Qué inocente era yo cuando escribí esta lista de propósitos. Solo establecí 8 propósitos para no agobiarme demasiado en cumplirlos, pero bueno, a la vista está de que me ha salido el tiro por la culata. Supongo que no me queda decir mucho más de este, os lo estaréis imaginando. Se ha acabado el viajar hasta que todo esto haya pasado. Aunque aún lo mantengo, sospecho que hasta mediados del año que viene, como muy pronto, podré recuperarlo. Queda, inevitablemente, descartado.
Bueno, después de haberlos repasado, solo quedan en pie para este año 3 propósitos de los 8 listados incialmente. En concreto me quedo con el de leer una media de 2 libros al mes, ahorrar, y mantener un ritmo constante de publicación del blog. Tanto este último como el primero que he citado, enfocados a nutrir mi capacidad creativa y sacar algo positivo de este confinamiento que, vamos viendo, no será algo corto ni anecdótico. Me entristece un poco ver como los prósitos 6, 7 y 8 han quedado parados hasta nuevo aviso o descartados directamente. Este año iba a suponer un punto de inflexión en mi carrera profesional, dar un salto cualitativo al menos, avanzar y no quedarme estancado. Pero bueno, esto no va a ser posible de momento. Me quedo con la suerte que he tenido en poder mantener mi empleo. Esperemos que siga siendo así.
Y por lo que respecta a como llevamos estos meses de 2020... pésimo servicio, 1 estrella. Esperemos que no haya ningún meteórito que se diriga a la tierra, ni ninguna catástrofe natural, ni una III Guerra Mundial... espero no haber tentado a la suerte habiendo dicho esto...
Suerte a todxs.
He conocido a una persona (de la manera más millenial posible): PARTE II
Después de esa primera vez, cuando nos vimos, en el tren de vuelta a casa me di cuenta de que me gustaba. Estaba ilusionado. Era extraño para mi como un sentimiento había evolucionado a otro sin previo aviso. Quería conocerlo, ser su amigo, pero el cosquilleo en el estómago estaba, y no podía ignorarlo.
Después de esa vez, acordamos vernos una segunda. Un sábado, después de navidades. Sin cenas y compromisos familiares de por medio. Quería seguir hablando con él. Me transmitía una calma que no os podéis llegar a imaginar. Esas ganas de querer estar hablando siempre con alguien. En fin.
El viernes antes, recibí un mensaje de whatsapp. Era él. Me comentaba que si lo podíamos aplazar. Tenía una entrega del máster muy importante para el lunes siguiente y tenía que pasarse todo el fin de semana encerrado en su habitación redactando. Le contesté que bien, que no pasaba nada, lo entendía.
A ver, es normal, si estás estudiando un máster, trabajando 40h, es normal que a veces tengas que hacer balanza y pensar más en el trabajo. Yo también lo haría. Sin embargo, un sentimiento de dolor e inseguirdad nacía dentro de mí. Era perfectamente consciente de que eso era normal, que no pasaba nada, pero mi cuerpo se guiaba más por el instinto que por la razón y la lógica. ¿Y si me dejaba de hablar? ¿Y si empezaba a hacerme ghosting? las dudas de expandian como las llamas con la madera, y yo no era capaz de apaciguarlas. Soy un inseguro de mierda la verdad. Aún así, pensé friamente. Le comenté eso, que no pasaba nada y que ya encontraríamos otro día para vernos. Había tiempo.
Al lunes siguiente, me abrió de nuevo por whatsapp. Me comentó que ya había entregado el trabajo y que era libre, por fin. Estuvimos hablando un buen rato de temas banales, como si no quisieramos que se acabara nunca la conversación. De pronto me propuso quedar el jueves, después del trabajo, para ir a tomar algo. Le dijé que sí. Ambos trabajamos bastante cerca el uno del otro, y el jueves era un día perfecto para salir a tomar algo, ya que los viernes, al menos para mi, suelen ser días ligeros, no me importa quedarme hasta tarde un jueves.
Total, que llegó el jueves y al salir de trabajar fui a esperarle a la puerta de su oficina. Salío y nos encaminamos al centro, a un bar que me había comentado que no estaba mal. El cuerpo me pedía cervesa. Lo necesitava. No podía evitar perderme en sus ojos. Es que es tan mono...
Llegamos al bar y nos pedimos un par de cervezas. Nos sentamos y empezamos a hablar y despotricar de nuestros trabajos, que si mucho trabajo, que si falta de planificacion, que si la gente no se toma en serio su trabajo. Nos pasamos al menos dos horas así. Hacía rato que nos habíamos acabado las cervezas, y yo me esforzaba a sacar temas de conversación para que no nos quedaramos en un silencio tenso.
Notaba que el cada vez estaba más cerca de mi, podíamos cortar la tensión del ambiente con un cuchillo... Él se acercaba, me acariciaba la pierna, ponia su mano encima de mi rodilla... Lo notaba, sabía que iba a pasar de un momento a otro, pero era demasiado cobarde como para lanzarme. No quería ser rechazado ni nada de eso. Cuando no tuve más temas de los que hablar, de repente comentó:
- Oye... ¿Te puedo comer la boca?
- Por favor
Me faltó tiempo para pensarlo, cuando me dí cuenta nos estabamos besando. El ruido de mi alrrededor se tornó en un zumbido inedscifrable, solo estaba concentrado en sus labios. Gracias de verdad, por haberte lanzado. Agradezco ese gesto como ningún otro.
Empecé a pasar mis manos por su espalda. Notaba el sabor a menta de sus labios. No me lo podía creer. De verdad estaba pasando.
Pasaron unos minutos hasta que nos separamos y recobramos la compostura.
- Gracias - le espeté.
Seguimos hablando, y de vez en cuando caía otro beso. A eso de las 21h salimos del bar y nos despedimos. Había sido una tarde rara, nunca me había pasado nada así. De camino a casa en el tren, no pude ocultar mi cara de bobo feliz. Era jueves y al día siguiente tocaba volver a la oficina, pero una sensación rara de felicidad infinita me embriagaba de una manera colosal.