He conocido a una persona (de la manera más millenial posible): PARTE III
Después de esa tarde rara, emocionante (es qué no sé), le propuse quedar para comer el martes siguiente. Reservé mesa para dos en un restaurante que acaban de abrir cerca de nuestros respectivos trabajos. Y aunque el día estaba siendo un caos en la oficina (reuniones, avances de proyectos, mails inesperados...) no lograba dejar de pensar en la comida y en lo nervioso que estaba.
Salí tarde de una de una de las reuniones y cuando me di cuenta, ya era las dos y cuarto. Fui corriendo a mi mesa y dejé todo el papeleo (ya continuaría después) cogí la chaqueta y salí de la oficina. Al coger el móvil, vi que me había mandado un par de mensajes. Básicamente me comentaba que ya había salido de la oficina y que estaba yendo al restaurante. Aceleré el paso, esquivando a las personas para poder llegar en cuanto antes, ya que la mesa la había reservado yo. No me gustaría hacerlo esperar.
Al llegar, lo ví de pie enfrente de la entrada, mirando el móvil. Al verlo lo abracé, me salió de dentro. Aunque la verdad, me moría de ganas de comerle la boca, es algo que no tuve el valor de hacer. Me repetía una y otra vez que las cosas se hacen despacio, que no hay porque correr. Al entrar, nos sentaron en una mesa para dos al fondo. Estuvimos comentando temas de nuestros trabajos, que si el becario que había entrado nuevo era un incompetente, que si los clientes no se ebnteraban de lo que habían contratado, que si la gestión de compras y ventas era una porquería...
Cuando quisimos darnos cuenta, ya eran más de las 15h, así que nos levantamos, pagamos y salimos con cierta prisa. No podíamos llegar muy tarde a nuestro trabajo. Al llegar a mi oficina nos detuvimos. La verdad es que quería besarlo, pero me sentía cohibido. Ahí delante había un grupo de compañeros fumando y hablando antes de entrar de nuevo a reanudar el trabajo. No quería que ellos me vieran besándome con él. La verdad es que no he salido del armario aún ni ante familiares ni compañeros de trabajo. Así que me conformé dándole un abrazo. Al separarnos, vi que se seguía de pie mirándome. No pude resistir las ganas y me lancé. Sus labios tenían un sabor dulce y el beso parecía que se alargaba horas. Me daba igual todo.
La verdad es que yo también lo había pensado. Cuando se fue, no pude evitar la tentación de enviarle un mensaje proponiéndole vernos de nuevo (me había quedado con ganas de besarle). Esa misma tarde nos vimos al acabar la jornada.
Empezamos a hablar mucho, casi cada día, de tonterías, nuestras cosas y demás. Descubrí que era un lector acérrimo de literatura juvenil y un romántico empedernido. También me comentó que tampoco había salido del armario, solo con su madre. Siempre que hablaba no podía evitar perderme entre su voz, su cara, todo. Me siento muy estúpido a su lado. No lo sé.
A mediados de enero, en medio de una de estas conversaciones me comentó de quedar algún día para cenar algún viernes en su casa. Le dije que sí. Sin embargo, al comprobar mi agenda, me di cuenta de que tenía ocupado todos los viernes del mes, excepto el 24 de enero, aunque ese día, a las 21h de la noche cogía un AVE dirección Madrid para pasar una semana en casa de unos amigos. Aún así, le comenté que sí, que me encantaría cenar con él, aunque por desgracia, no me podría quedar mucho tiempo, ya que a las 21h tenía que estar en Sants.
La tarde del 24 me la pasé entera por Barcelona. Como había quedado con él a eso de las 18h, cuando saliera de trabajar, no me daba tiempo suficiente para volver a casa. Así que quedé con unos amigos para comer algo en algún restaurante de por la zona y aprovechar y ponernos al día de los cotilleos y desventuras de cada uno. Yo les había comentado algo de esta persona que estaba conociendo, pero la verdad, no había dado demasiados detalles de como evolucionaba, ni como me hacía sentir. Tenía la sensación de que todo se desarrollaba demasiado rápido. Hacía apenas dos meses que nos habíamos visto en persona, y 6 meses que nos conocíamos. No podía precipitarme... Tenía la sensación de que corría demasiado y que en cualquier momento, la cosa podía acabar mal. Me forzaba a mi mismo a ralentizar las cosas. Y a mi la verdad, no me gustaría perder esta bonita historia por ir demasiado rápido.
Ese mismo día, en la comida, les comenté a mis amigos que habíamos quedado para cenar en su casa.
- Te vas a acostar con él - comentaban.
La verdad es que esa idea no me la había planteado nunca. Ya he comentado que lo bueno suele cocinarse a fuego lento, así que en mi caso, cuando estas ideas empiezan a acecharme, me fuerzo a no pensar en ellas. Soy muy de que las cosas fluyan, no hay que forzarlas, o en su defecto, no hay que forzarlas demasiado. Les comenté que no, que yo no intentaría nada. Además, a las 21h tenía que estar en Sants para pillar el AVE.
A las 18h ya había dejado a mis amigos en la estación de Passeig de Gràcia y me dirigí a buscarlo a su trabajo. Cuando salió del portal del edificio, no pude evitar sonreír. Se acercó a mi y me besó. Al separarnos me comentó:
Subimos andando por Passeig de Sant Joan y cogimos el metro en Tetuán. Durante el camino, estuvimos hablando sobre el trabajo (para variar) y los últimos cotilleos que se habían visto por Twitter. No podía evitar en fijarme en su cara, en su sonrisa de despreocupación aunque de querer morirse (estaba agotado). Que mono es. Y qué interesante.
Al llegar a Sant Antoni pasamos por un súper y pillamos una bandeja de sushi variado. Pagué yo. Ya que me invitó a su casa, lo menos que podía hacer era invitarlo a sushi. Vivía en un bloque de pisos antiguos de Barcelona, de techos altos, ventanales de el suelo hasta el techo y puertas dobles de madera. Me invitó a pasar y fuimos directamente a su habitación. Por el camino nos encontramos con uno de sus compañeros de piso. Me lo presentó rápidamente, y le dedique una sonrisa formal, amable.
Al llegar a su habitación dejó las cosas en el escritorio. Era amplia y luminosa. Todos los muebles eran blancos y había una estantería justo delante de la puerta repleta de novelas y mangas. Me gustó.
Se abalanzó sobre mí. Noté sus labios húmedos contra los míos. Sus manos me rodearon la cintura y me dejé caer contra la cama. Estaba muy nervioso, era una persona que me gustaba mucho. Sin embargo, me dije para mi mismo que no valía la pena pensar y darle vueltas a las cosas. Así que dejé la mente en blanco y me dejé llevar por el momento. Notaba su cuerpo contra el mío. No había otro lugar en el mundo en el que quisiera estar en ese momento.
Al acabar nos tumbamos exhaustos, sudados, con la respiración agitada. Notaba que me había fundido con él, en solo uno. Lo abracé con todas mis fuerzas y coloqué mi cabeza contra su pecho. Por un momento, solo estábamos él y yo en el mundo...
Entonces, me sobresalté. Yo tenía que pillar un AVE a Madrid a las 21h. Me aparté un momento, y miré el reloj del móvil. Las 20:25. Se levantó de la cama y se vistió también, comentándome cómo tenía que hacer para poder llegar a Sants desde ahí en el menor tiempo posible. Al salir, seguir la calle hacia arriba y en la primera intersección encontraría a mi derecha la parada de metro de linea roja. A partir de ahí, tocaría jugar con el cambio de linea.
Noté como, mientras me cambiaba, me miraba con esa mirada tonta. Cogí mi mochila y salimos de la habitación.
De camino a la puerta, me di cuenta de que no habíamos cenado. La verdad es que no tenía hambre así que le dije que se comiera el sushi en honor a los dos. En mi caso, ya miraría de pillar algo en el AVE o una vez estuviera en Madrid. No cruzamos muchas más palabras. Al despedirnos, bajo el marco de la puerta, lo abracé por el cuello y le besé. Cerré los ojos. Qué feliz me hacía. Ese momento, ese lugar... Al separarnos me comentó que, o me daba prisa o llegaría tarde. Tenía razón. Así que le dije adiós, y me encaré hacia la parada de metro pendiente del reloj. Me quedaban 25 minutos para poder llegar al AVE.
Al llegar a Sants, me dirigí rápidamente al puesto de seguridad a la entrada del AVE. Miré el reloj y vi que mi AVE salía en 10 minutos. Mierda. Estaba sudando, notaba mi espalda húmeda.
Al pasar el control bajé directamente al andén, corriendo. Cuando logré localizar mi asiento, dejé la enorme mochila que llevaba conmigo en el portaequipajes encima de mi, y por fin me relajé. Tenía muchas cosas que procesar. Él, sus besos, su cuerpo...
A mi costado, en medio del pequeño pasillo, se alzaba una mujer de mediana edad, con la melena recogida y un papel arrugado en la mano. La miré unos segundos.
- No puede ser... este es mi asiento... - le dije.
Saqué el billete de la cartera y lo revisé un momento. Mierda. Me había equivocado de asiento. El mío estaba en el coche 4, no en el coche 8. Con la cara roja a punto de estallarme, me levanté y me disculpé. Cogí mi mochila y, esquivando a la multitud que estaba en el pasillo acomodando sus equipajes, me dirigí a mi asiento. Esta vez el mío.
Sudando, con la mochila en una mano y el billete en la otra, el móvil vibró. Me había mandado un mensaje.
- Que vaya bien el viaje a Madrid.
Suspiré. No pude evitar dibujar una risa tonta en mi cara.
Sin embargo, pensar en él hacía que tuviera una extraña sensación de vértigo. Notaba un nudo en el estómago que me subía por el esófago... la boca seca... Pensaba también en el hecho de que él fuera un chico. Nunca he salido de el armario en el entorno familiar, y es algo que aún tengo que enfrentarme y encarar, luchar conmigo mismo para aceptarlo. Sé que a mis padres no les importaría, quizás un poco de shock al principio. Pero es algo que tengo que trabajar yo, enfrentarme a ello. Tiempo al tiempo.
Me siento como si estuviera al borde de un precipicio. ¿Sabes la sensación de vértigo al rozar el límite con la suela de los zapatos? Me siento así. Sin embargo, no tengo miedo. La oscuridad del vacío que se abre bajo mis pies me abraza, llenándome de una paz arrolladora. Él es la incertidumbre, y yo quiero lanzarme de lleno...
Aún así, soy consiente que las cosas llevan su tiempo. Esto hace que en mi cabeza se libre una batalla continua entre la sensatez y el impulso. Hay que pensar las cosas antes de hacerlas. Y ya sabemos, que los mejores platos se cocinan a fuego lento...
He conocido a una persona (de la manera más millenial posible): PARTE II
Después de esa primera vez, cuando nos vimos, en el tren de vuelta a casa me di cuenta de que me gustaba. Estaba ilusionado. Era extraño para mi como un sentimiento había evolucionado a otro sin previo aviso. Quería conocerlo, ser su amigo, pero el cosquilleo en el estómago estaba, y no podía ignorarlo.
Después de esa vez, acordamos vernos una segunda. Un sábado, después de navidades. Sin cenas y compromisos familiares de por medio. Quería seguir hablando con él. Me transmitía una calma que no os podéis llegar a imaginar. Esas ganas de querer estar hablando siempre con alguien. En fin.
El viernes antes, recibí un mensaje de whatsapp. Era él. Me comentaba que si lo podíamos aplazar. Tenía una entrega del máster muy importante para el lunes siguiente y tenía que pasarse todo el fin de semana encerrado en su habitación redactando. Le contesté que bien, que no pasaba nada, lo entendía.
A ver, es normal, si estás estudiando un máster, trabajando 40h, es normal que a veces tengas que hacer balanza y pensar más en el trabajo. Yo también lo haría. Sin embargo, un sentimiento de dolor e inseguirdad nacía dentro de mí. Era perfectamente consciente de que eso era normal, que no pasaba nada, pero mi cuerpo se guiaba más por el instinto que por la razón y la lógica. ¿Y si me dejaba de hablar? ¿Y si empezaba a hacerme ghosting? las dudas de expandian como las llamas con la madera, y yo no era capaz de apaciguarlas. Soy un inseguro de mierda la verdad. Aún así, pensé friamente. Le comenté eso, que no pasaba nada y que ya encontraríamos otro día para vernos. Había tiempo.
Al lunes siguiente, me abrió de nuevo por whatsapp. Me comentó que ya había entregado el trabajo y que era libre, por fin. Estuvimos hablando un buen rato de temas banales, como si no quisieramos que se acabara nunca la conversación. De pronto me propuso quedar el jueves, después del trabajo, para ir a tomar algo. Le dijé que sí. Ambos trabajamos bastante cerca el uno del otro, y el jueves era un día perfecto para salir a tomar algo, ya que los viernes, al menos para mi, suelen ser días ligeros, no me importa quedarme hasta tarde un jueves.
Total, que llegó el jueves y al salir de trabajar fui a esperarle a la puerta de su oficina. Salío y nos encaminamos al centro, a un bar que me había comentado que no estaba mal. El cuerpo me pedía cervesa. Lo necesitava. No podía evitar perderme en sus ojos. Es que es tan mono...
Llegamos al bar y nos pedimos un par de cervezas. Nos sentamos y empezamos a hablar y despotricar de nuestros trabajos, que si mucho trabajo, que si falta de planificacion, que si la gente no se toma en serio su trabajo. Nos pasamos al menos dos horas así. Hacía rato que nos habíamos acabado las cervezas, y yo me esforzaba a sacar temas de conversación para que no nos quedaramos en un silencio tenso.
Notaba que el cada vez estaba más cerca de mi, podíamos cortar la tensión del ambiente con un cuchillo... Él se acercaba, me acariciaba la pierna, ponia su mano encima de mi rodilla... Lo notaba, sabía que iba a pasar de un momento a otro, pero era demasiado cobarde como para lanzarme. No quería ser rechazado ni nada de eso. Cuando no tuve más temas de los que hablar, de repente comentó:
- Oye... ¿Te puedo comer la boca?
- Por favor
Me faltó tiempo para pensarlo, cuando me dí cuenta nos estabamos besando. El ruido de mi alrrededor se tornó en un zumbido inedscifrable, solo estaba concentrado en sus labios. Gracias de verdad, por haberte lanzado. Agradezco ese gesto como ningún otro.
Empecé a pasar mis manos por su espalda. Notaba el sabor a menta de sus labios. No me lo podía creer. De verdad estaba pasando.
Pasaron unos minutos hasta que nos separamos y recobramos la compostura.
- Gracias - le espeté.
Seguimos hablando, y de vez en cuando caía otro beso. A eso de las 21h salimos del bar y nos despedimos. Había sido una tarde rara, nunca me había pasado nada así. De camino a casa en el tren, no pude ocultar mi cara de bobo feliz. Era jueves y al día siguiente tocaba volver a la oficina, pero una sensación rara de felicidad infinita me embriagaba de una manera colosal.
He conocido a una persona (de la manera más millenial posible)
Hace unos meses me empezó a seguir por twitter un chico. Me pareció majo, y leyendo sus tweets y RTs la verdad es que me sentí identificado con él. ¿Sabéis cuando podéis estar con alguien y hablar de todo sin tapujos, reiros de las miserias de cada uno y tal? Realmente me sentía así. No sé, pero algo en mi interior me decía que podría conectar con esa persona. Pero bueno, yo siendo como soy, lo máxio que hice fue darle follow back. Y ya.
Pasaron los días y me dio por buscarlo en otras redes sociales. Vi que era de la misma ciudad que yo, acababa de publicar un libro, y algunos de mis conocidos de RRSS también le seguían. Total, que empecé a seguirlo por Instagram. Y como si la historia se repitiese, me dió follow back. En ese punto no le presté atención a estas cosas. Es normal que, si alguien le pareces majo, te empiece a seguir también, creo.
A partir de aquí, la actividad en RRSS se empezó a intensificar. Le daba me gusta a tweets míos y viceversa, reaccionaba a las stories de instagram. Vamos, todo de la forma más millenial posible que os podáis imaginar.La verdad es que la actividad no pasaba de ahí. Vamos, una interacción bastante normal, sin conversaciones de por medio. Hasta que llegó el Salón del Manga 2019 de Barcelona.
La semana del Salón, yo subí una foto mia a Instagram disfrazado como Umbreon, lleno de colgantes de Pokémon y colgantes con el símbolo de la Corporación Umbrella, de Resident Evil. La veradad es que salía bastante gracioso, o raro, a partes iguales. Entonces me saltó una notificación. Me había escrito. Me preguntaba si iba a estar en el Salón del Manga, que él le había tocado trabajar allí, los 4 días. Le comenté que sí, y, bueno, que si eso nos podríamos ver. Me comentó que okey, que si veía a un Umbreon con cara de parguela (yo) lo iría a saludar.
En fin, llegó el día, pero finalmente y debido a la cantidad de gente, no nos pudimos ver. Es que había muchísima gente, y al final, por una cosa u otra, no podimos coincidir. A partir de aquí comentamos que teníamos que quedar un día para hacer una cerveza, lo teníamos pendiente.
El tiempo pasaba, y de vez en cuando hablábamos por RRSS, sobre si los trenes eran horribles, la lluvia que había inundado media ciudad, que trabajar hasta tarde era malísimo, etc.
Al final, llegó el sábado que habíamos quedado. Yo había bajado a la ciudad por la mañana y me iba a quedar todo el día, ya que era día de hacer algunas compras para navidad y pues, aprovechaba ya y me quedaba todo el día. Habíamos quedado a eso a de las 17h en una parada de metro. Cuando llegué, la verdad, es que mi aspecto era un poco lamentable. Llevaba todo el día caminando, cargando bolsas y la verdad, los metros a esas horas y encima en navidad, iban llenos a rabiar.
Salí de la parada, y lo ví llegar. Qué alto, pensé. Realmente pensándolo ahora en frío, esa fue mi primera impresión. No pensé nada más realmente. Nos saludamos y decidimos ir a un Starbucks a por un café. Lo necesitaba, la verdad. Llevaba desde las 8h de la mañana despierto y entre todo lo caminado por la mañana, las bolsas etc, solo quería dormir. Pero bueno, no iba a dejar que eso me parase.
Nos pasamos toda la tarde hasta casi las 21h de la noche hablando. De todo. Temas personales, relaciones, trabajo, dramas, la vida nos golpea, mamarracheo. Prácticamente de todo. La verdad, es que me quedé con las ganas de ir a algún bar a tomar unas cervezas de verdad y emborracharnos, pero él tenía una cena. Me acompañó hasta la estación de tren y nos despedimos. No acrodamos volvernos a ver. Supongo que entre mi cansacio y todo no surguió la pregunta. Lo acababa de conocer, ¿Qué esperabas?
Volviendo en el tren a casa, no paraba de pensar en lo majo que era. Era tan tierno, tan majo. Cómo hablaba, cómo se expresaba, los dramas, opiniones, alguna confidencia, lo interesante que era,... mierda, me estaba gustando. A decir verdad, no me había planteado que me gustaba hasta que hice balance de cómo había ido. Hostia, todo indicaba que me gustaba y lo que más me gustaría era ser su amigo. Seamos sinceros, quería una noche de mimos con él. Para qué engañarnos, sí, me gusta. Me parece mono, muy mono, y majísimo. Es que de verdad se merce todo lo bueno.
A ver, sí que es verdad que lo acabo de conocer y tal, debería ser más cauto. Pero también tengo mis momentos de debilidad. Y aunque me auto-engañe diciéndome a mi mismo que tiempo, y que no me gusta, no puedo evitar suspirar. ¿Qué me está pasando?
Bueno, la cosa es que hemos vuelto a quedar. Al final le hablé por whatsapp por que no aguantaba más (habían pasado tres días desde que quedamos, por lo tanto, desde la última conversación con él), quería hablar con él. Si suena todo muy a amor romántico de joder no puedo vivir sin él. Pero bueno, no a ese límite, pero sí que siento que es alguien a quién puedo llegar a querer, como amigo o como lo que sea.
La cosa es que seguimos hablando y hemos vuelto a quedar para enero, otro sábado. La verdad, es que por tema trabajo ni uno ni el otro tenemos mucho tiempo libre, pero bueno, ahí estamos.
Intento controlar mi entusiasmo para no crearme expectativas irreales y entonces pegarme la gran hostia (me pasó una vez y nunca más la verdad). Espero que esto no sea así. Me siento ingenuo e inseguro de mi mismo escribiendo estas cosas. Me siento vulnerable. Pero bueno, todo el mundo siente y no podemos negar sentimientos que al final, vamos a sentir igual. Seremos cautos, pero no silenciaremos y negaremos estas sensaciones. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos. Pero de momento eso, qué mono que es.